Por Lic. Marina Videla
Siendo Psicóloga Migrante
Llegar a lo Desconocido
Nunca imaginé que la oscuridad del otoño y el invierno podría tener tantos matices y un poder transformador tan profundo, capaz de invitarnos a reinventarnos.
Al llegar a Dinamarca, me sumergí en la belleza de los edificios antiguos, tan diferentes de los que conocía en La Plata y en mi ciudad, Santa Rosa. Sin embargo, en ese instante, una ola de angustia me invadió; me pregunté: ¿qué hago acá? ¿en qué momento se me ocurrió emprender esta migración?
La incertidumbre que acompaña lo desconocido, rara vez brinda una sensación de plenitud; más bien, nos sumerge en un estado de asombro y, a veces, de éxtasis. Es un momento en que nos sentimos despojados de nuestras certezas, flotando entre el pasado que dejamos atrás y el futuro incierto que se abre ante nosotros, siendo inclusive una elección propia.
En esa inquietante ambivalencia, a menudo surgen reflexiones profundas sobre nuestra identidad y el sentido de pertenencia. ¿Quién soy en este nuevo lugar? ¿Cómo encajo en esta cultura que apenas empiezo a comprender?
Cada rincón de la ciudad parecía contar historias ajenas que me empujan a explorar y a adaptarme. Al mismo tiempo, siento el peso de lo que he dejado atrás: conexiones, amistades y recuerdos que me definen. La dualidad de estos sentimientos crea una experiencia rica y compleja, como un cuadro en el que las sombras y la luz se entrelazan. En medio de este tumulto emocional, la vida nos desafía a encontrar nuestro lugar, (aunque el mismo sea temporal), a redescubrir la fortaleza dentro de nosotros y a abrirnos a las posibilidades que ofrece el nuevo entorno.
El clima se convirtió en mi primer espejo: duro, silencioso y exigente. Las palabras danesas se entrelazaban con el frío, y apenas podía escucharlas; me perturbaban. Eran como un río amenazante, que hoy se ha transformado en una ola de motivación para aprender, escuchar y comprender los cimientos de una sociedad, a pesar de que me llevo tiempo apropiarme de esta idea.
Entre la Pérdida y el Descubrimiento
Después de casi cuatro años, comprendí que migrar y empezar de cero implica dejar parte de nuestro corazón en el lugar de origen, traernos un pedacito al nuevo hogar y asumir esta elección sin renunciar a la posibilidad de construir también en el otro lugar.
Aprendí que la oscuridad puede prolongarse durante meses, pero puede sentirse como una eternidad si no aprendemos a sostenerla. El sol apenas se atreve a asomarse en el invierno, y nuestro cuerpo lo siente… pero el alma, aún más. Por ello, sostengo que migrar es un verbo compartido: habla de la angustia y del desafío de descubrir quiénes queremos ser y hacia dónde queremos ir, con una calidad de presencia y de vida renovada.
Provenir de un lugar cálido —no solo en términos climáticos, sino también por las risas, las conversaciones intensas y las voces familiares— hace que el silencio del invierno pese aún más. Perdemos referencias; ya no conocemos las nuevas canciones, las noticias del vecindario o el último chisme de algún famoso. No vemos los cabellos canosos de nuestros padres ni notamos cómo han crecido nuestros sobrinos. Sin embargo, en ese vacío, se teje algo nuevo, rico, transformador, algo que nos reestructura para siempre.
El aprendizaje de comenzar de cero me ha mostrado que cada experiencia tiene su sentido. Los días de frustración me brindaron una fortaleza imprevista y un deseo de vivir desconocido. ¿Quién extraña con enojo y rabia? ¿Quién llora en silencio cuando vemos una cara que nos recuerda a alguien que dejamos en nuestro país? ¿Quién sonríe a un extraño sin compartir palabra alguna? ¿Quién se alegra por una receta solo porque evoca un sabor del hogar?
En ese vaivén entre la pérdida y el descubrimiento, comprendí que migrar es una forma transformadora de no adaptarse jamás a lo que no somos, a lo que nunca más nos vamos a sentir parte. Porque en cada zona de confort, el cuerpo y la mente, nos recordaran el estado de necesidad de movernos hacia lo incómodo, a lo desconocido, porque indirectamente hay una satisfacción en el aprendizaje que ésto nos deja.
Mirando atrás, veo que el frío me ha enseñado a valorar mi propio calor, a cuidarlo, algo que antes no apreciaba. La distancia me ha revelado quiénes estaban realmente cerca: aquellos que escriben, que preguntan por mi bienestar, los que no olvidan. Y esa oscura profundidad me brindó la oportunidad de vislumbrar mi propia luz, estando presente a pesar de los kilómetros. A sostener los vínculos de una forma que no es la física. Sino con presencia del alma.
Si estás en proceso de migrar, recuerda que no se trata de tener todas las respuestas. Se trata de observar y aprender a caminar con la incertidumbre de quien vuelve a nacer. Es nacer, pero ahora siendo consciente de cada paso sin guía.
Marina Videla

