Empezar de Cero

Mi historia de migrar hacia la oscuridad y la luz, en Dinamarca

Llegar a lo desconocido 

Nunca imaginé que la oscuridad del otoño y el invierno tendría tantos matices. Tanto poder para atravesarnos e invitarnos a inventarnos nuevamente. Cuando llegué, miraba los edificios antiguos, tan diferentes a los de La Plata, Buenos Aires, o a los de mi ciudad natal, Santa Rosa. Y pensé: ¿Qué hago acá? De repente sentí angustia. Porque sí: el ser humano ante lo desconocido y la incertidumbre rara vez siente plenitud. El clima fue mi primer espejo: duro, silencioso, exigente. Las palabras danesas se mezclaban con el frío, y apenas podía oírlas. Me perturbaban. Eran como un río que se acercaba para arrasarlo todo. Ese mismo río que hoy se transformó en una ola llena de motivación: para aprender, escuchar y comprender qué es lo que realmente sostiene a una sociedad. 

Migrar: entre la pérdida y el descubrimiento 

Luego de tres años, entendí que migrar y empezar de cero trata justamente de eso: dejar el corazón allá, traer un pedacito acá, y apropiarse de la elección sin perder la posibilidad de construir también en el otro lugar. Aprendí que la oscuridad puede durar meses, pero también una eternidad si no aprendemos a sostenerla. El sol apenas se atreve a asomar, y el cuerpo lo siente… pero el alma, mucho más. Por eso sostengo que migrar es un verbo que se comparte: habla de la angustia y del desafío de descubrir quiénes queremos ser y hacia dónde queremos ir, con qué calidad de presencia y de vida. 

El peso del silencio 

Venir de un lugar cálido —no solo por el clima, sino por las risas, las conversaciones intensas, las voces familiares— hace que el silencio del invierno pese más. Porque perdemos referencias: ya no conocemos las nuevas canciones, las noticias del barrio, ni aquel chisme de tal famoso. No vemos las canas de nuestros padres ni los centímetros que sumaron los sobrinos. Y sin embargo, en ese vacío, algo nuevo se teje. 

El aprendizaje del frío

Empezar de cero, sabiendo que ahora todo tiene más sentido. Que esos días de frustración me dieron una fortaleza que jamás imaginé, y unas ganas de vivir que no conocía. ¿Quién extraña enojado y con rabia? ¿Quién sonríe a un desconocido sin compartir una palabra? ¿Quién se alegra por una receta que antes no salía, solo porque le recuerda un sabor del hogar? En ese vaivén entre la pérdida y el descubrimiento, comprendí que migrar es una forma transformadora de no adaptarse nunca más a lo que no somos. El entorno nos reordena, pero sin borrar la esencia del pasado. 

Aprender a cuidar el propio calor 

Hoy miro atrás y veo que el frío me enseñó a cuidar mi propio calor: ese que nunca me había detenido a valorar. La distancia me mostró quiénes estaban realmente cerca: aquellos que escriben, que preguntan cómo estás, los que no olvidan. Y la oscuridad, tan profunda, me regaló la oportunidad de ver mi propia luz. 

Caminar con incertidumbre 

Si estás migrando, recordá que no se trata de tener todo resuelto. Se trata de ir viendo qué pasa en el camino, de aprender a caminar con la incertidumbre de quien vuelve a nacer. Migrar es una elección y un renacimiento. Porque cada invierno —por más largo que parezca— siempre guarda una primavera esperando. 

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