Por: Lic Marina Videla
La consulta temprana y el reconocimiento Cultural y Político del malestar psíquico: experiencias situadas en Argentina y Dinamarca.
Buscar ayuda psicológica de manera temprana es un acto de cuidado y de responsabilidad personal. En el siglo XXI, donde las exigencias emocionales, sociales y laborales son cada vez mayores, el acceso a la terapia se vuelve una necesidad vital. Sin embargo, en muchos países y contextos, la salud mental continúa siendo un tema incómodo, silenciado o atravesado por estigmas, sociales, políticos e incluso culturales.
Surge entonces la pregunta: ¿Existe una terapia verdaderamente inclusiva? ¿Hay modelos de atención comunitaria? ¿O la salud mental sigue siendo, en muchos casos, un privilegio exclusivo?
Desde mi experiencia, y en contraste con Argentina, donde la falta de políticas públicas sólidas limita el acceso equitativo a la atención psicológica, en Dinamarca y en varios países anglosajones la mirada sobre la salud mental aparece, paradójicamente, tergiversada. Si bien existen mayores recursos económicos y una aparente accesibilidad al sistema, la atención está fuertemente medicalizada y poco orientada a la medicina comunitaria.
Esto genera un filtro, donde solo quienes “realmente” encajan en ciertos criterios acceden a tratamientos prolongados, dejando por fuera múltiples formas de sufrimiento psíquico.
Es cierto que en estos países muchas personas cuentan con una estabilidad económica que les permite pagar servicios privados. Pero no se habla de Salud Mental o hacer tratamiento Psicológico, entre un grupo de amigos, como si, sucede en Argentina.
En Argentina, no todas las personas pueden afrontar el costo de una consulta semanal, lo que vuelve aún más evidente la desigualdad en el acceso a la salud mental. Aun así, el enfoque comunitario y la concepción de la Salud Mental como un derecho colectivo han tenido históricamente un lugar más presente en el discurso y en las prácticas.
El pionero indiscutido de la atención en salud mental comunitaria en Argentina, desde una perspectiva psicoanalítica, fue Enrique Pichon-Rivière. Figura clave, porque logró algo muy poco común: articular el Psicoanálisis con lo Social, lo comunitario, y lo institucional. Rompiendo con la idea de una clínica encerrada exclusivamente en el consultorio individual.
Pichon Riviere, Psiquiatra y Psicoanalista, introdujo el concepto de sujeto como producto de vínculos, no como entidad aislada. Desarrollo la teoría y practica de los grupos operativos, una herramienta clínica, educativa y comunitaria. Y entendía a la Salud Mental, como un proceso colectivo, atravesado por condiciones sociales, económicas y culturales.
A diferencia de la puesta en escena que se hace en mi país, en Argentina, desde la Atención en Salud Mental Comunitaria, en Dinamarca, lo que predomina es un modelo estatal, universal y altamente organizado, pero clínico-administrativo, no comunitario. La atención publica esta garantizada por el Estado. Y el acceso se hace a través del medico de cabecera, (GP) que funciona como filtro, y hay acceso a 10 sesiones anuales, cubiertas.
La derivación a psicólogos o psiquiatras depende de criterios diagnósticos claros y de gravedad. El foco está puesto en el individuo, no en el entramado social o vincular. Y si bien, hay red, hay sistema y hay cobertura, no hay una atención reparadora, ni una lógica de territorio, grupo o comunidad, como eje central. La prevención psicosocial es limitada. Y como Psicóloga Migrante, residiendo en Dinamarca, considero que el sufrimiento vincular, migratorio y existencial, queda desdibujado.
La razón por la cual, buscan un profesional de la misma cultura, es porque la atención suele ser breve, protocolizada y orientada a la funcionalidad. Es decir, en otras palabras, se atiende lo que interrumpe el funcionamiento, no necesariamente lo que duele.
Sin embargo, conociendo otras experiencias, en la Europa del Sur, en Italia, contamos con la experiencia de Franco Basaglia, donde hay una correlación del Psicoanálisis, la comunidad y política.
Pensar la Salud Mental hoy implica preguntarnos no solo quién puede pagar una terapia, sino qué modelos de cuidado estamos construyendo, todos los que hacemos Salud Mental y quienes formamos parte del sistema, si uno que incluye, acompaña y previene, o uno que selecciona, medicaliza y excluye.
La vulnerabilidad del que consulta y el mito de la elección libre
Encontrar al terapeuta indicado no es una elección libre ni sencilla. La persona que consulta lo hace desde un lugar de vulnerabilidad: algo duele, desborda o irrumpe. En ese encuentro se establece un acuerdo terapéutico que implica exposición, confianza y entrega. Cuando las condiciones sociales o institucionales dificultan ese acceso, no se trata de una falla individual, sino de una falla del sistema de cuidado.
Exigir que el sujeto “consulte a tiempo” sin garantizar dispositivos accesibles, comunitarios y sostenidos implica responsabilizarlo por las consecuencias de una exclusión estructural.
Riesgos clínicos como efectos de abandono institucional
Cuando no se accede tempranamente a un espacio de atención, no solo se agrava el cuadro clínico, sino que se producen efectos subjetivos profundamente políticos.
El círculo vicioso del pánico no es solo un fenómeno individual: el miedo se intensifica en contextos donde no hay escucha ni contención. Las evitaciones y fobias que se desarrollan restringen la vida cotidiana y expulsan al sujeto del espacio público.
El deterioro psíquico y el aislamiento social expresan una ruptura del lazo social. La pérdida de concentración, energía y deseo no son únicamente síntomas clínicos, sino también consecuencias de un sistema que deja solo al que sufre.
La depresión, en este sentido, puede leerse como una forma extrema de padecimiento frente a la imposibilidad de encontrar respuestas simbólicas y sociales al malestar.
¿De quién es la responsabilidad de no consultar?
Plantear la responsabilidad del sujeto en los riesgos de no consultar tempranamente exige una pregunta ética y política:
¿cómo responsabilizar a quien no tuvo acceso real a la atención?
La consulta temprana solo es posible cuando existen:
- políticas públicas sostenidas,
- dispositivos accesibles y territoriales,
- profesionales disponibles,
- y una cultura que no patologice ni criminalice el sufrimiento.
Sin estas condiciones, la exigencia de “responsabilidad individual” se convierte en una forma de violencia simbólica.
La consulta temprana como derecho y como resistencia
Consultar a tiempo permite:
- interrumpir la cronificación del malestar,
- devolverle sentido al síntoma,
- restituir coordenadas subjetivas,
- y prevenir consecuencias físicas, sociales y laborales.
Pero para que esto sea posible, la consulta temprana debe ser pensada como un derecho garantizado, no como un privilegio económico ni como una concesión burocrática.
El rol del profesional: clínica y posicionamiento ético
La intervención profesional no es neutral. Acompañar, contener y explicar que el padecimiento no implica un peligro vital es también un acto político. Establecer una presencia clínica sostenida es disputar la lógica del abandono y de la medicalización rápida.
El profesional de la salud mental no solo trabaja con síntomas, sino con sujetos atravesados por condiciones sociales, migratorias, económicas y culturales que producen sufrimiento.
El sufrimiento psíquico no debe normalizarse ni gestionarse como un problema individual de adaptación. Consultar a tiempo no es debilidad: es un acto de resistencia subjetiva frente a un sistema que muchas veces exige productividad, silencio y autosuficiencia.
Cada síntoma puede transformarse en una vía de elaboración y recuperación del deseo, pero solo si existen condiciones sociales que lo permitan. Una política de salud mental que no garantice acceso temprano, comunitario e inclusivo no cuida: excluye.
Buscar ayuda es un acto de cuidado personal, sí, pero también una interpelación política al modo en que una sociedad decide qué vidas merecen ser escuchadas.
